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Sabemos que de acuerdo con uno de los mitos antiguos sobre el nacimiento de Zeus, Cronos, temiendo ser destronado por uno de sus hijos, los devoraba cuando nacían. Por eso, al nacer Zeus, Rea envolvió una piedra con pañales para engañar a Cronos y ocultó al dios niño en Creta, donde se alimentó con la leche de la cabra Amaltea y lo criaron unas ninfas. 
 Tras hacerse adulto, Zeus obligó a Crono a regurgitar a sus otros hijos en orden inverso al que los había tragado: primero la piedra, que se le dejó a Pitón bajo las cañadas del Parnaso como señal a los hombres mortales, el Ónfalos, y después al resto. 
En algunas versiones, Metis le dio a Crono un emético para obligarle a vomitar los bebés, y en otras Zeus abrió el estómago de Crono. Entonces Zeus liberó a los hermanos de Crono, los Gigantes, los Hecatónquiros y los Cíclopes, de su mazmorra en el Tártaro y mató a su guardiana, Campe. En agradecimiento, los Cíclopes le dieron el trueno, el rayo o el relámpago, que habían sido previamente escondidos por Gea.
Esta vez les dejamos la versión de God of War... visualmente muy buena. 


Les dejamos el manual oficial de Ortografía de la Real Academia Española. Esta versión es la publicada el año 2000. Trataremos de conseguir las versiones revisadas de los últimos años para subirlas aquí. La descarga está en el servidor Mediafire, que es gratuito.


Les dejo dos esquemas muy útiles sobre La Odisea, la gran epopeya de Homero. Más abajo están los originales en sus respectivas webs originales para que puedan visualizar o descargar.


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El origen de los dioses
Orígenes: Según diversos mitos, que datan de épocas remotas de la antigüedad griega, la genealogía divina se puede ordenar de la siguiente manera:

Primera Generación Divina
 Gea y Urano, más poderosos que sus antecesores, los forzaron a marcharse y reinaron en su lugar. Poco tiempo después Gea y Urano engendraron una extensa descendencia: Un día que el dios del Cielo contemplaba a su madre desde lo alto, hizo caer sobre ella una lluvia fina que la fecundó y la hizo alumbrar todas las plantas, animales y pájaros, todos los mares, ríos y montañas. De ella nacieron luego:
·   Los  Hecatónquiros, engendros monstruosos, enormes y violentos, de cien manos y cincuenta cabezas cada uno, llamados Coto, Briareo y Giges, «cuyo nombre no debe pronunciarse».
·   Los Cíclopes, criaturas horribles y fabulosas, de un solo ojo y espíritu soberbio y cruel, según algunos; pero hábiles artesanos, según otros, constructores de murallas gigantescas y maestros herreros, cuyos nombres eran Brontes, Estéropes y Arges.
·   Los Titanes son los primeros dioses con forma humana, no meras personificaciones de los elementos. Son doce, seis hembras (Rhea, Tetis, Temis, Tea, Mnemosine y Febe) y seis machos (Océano, Ceos, Creos, Hiperión, Japeto y Cronos, de mente retorcida).
·   Los Gigantes, nacidos de la sangre vertida cuando Cronos castró a Urano, eran veinticuatro criaturas enormes de aspecto terrorífico y fuerza invencible, dotados de hirsuta cabellera y piernas en forma de serpiente.rco es de crin de caballo
·   Las Erinias o Furias (Tisífone, Alecto y Megera) y las ninfas Melias, habitantes de los fresnos, surgidas también de la sangre de Urano cuando su hijo Cronos lo mutiló.
·   Es igualmente madre de Pitón, de Erictonio y de Tifón, habido con Tártaro, el último, el más terrible, al que luego derrotó Zeus.

Segunda Generación Divina
Los primeros Titanes, hijos de Urano y Gea, está formada por:
·  Titanes (varones):

Océano, el río que circundaba el mundo.
Ceo, titán de la inteligencia.
Crío, dios de los rebaños y las manadas, esposo de Euribia (hija de Ponto) y padre de Palas.
Hiperión, el fuego astral.
Jápeto, esposo de la oceánide Clímene y padre de Prometeo, ancestro de la raza humana.
Crono, el más joven, que destronó a Urano y fue rey de los dioses.   

·   Titánides (Mujeres):
Febe, la de la corona de oro.
Mnemósine, personificación de la memoria y madre de las Musas con Zeus.
Rea, reina de los dioses con Crono.
Temis, encarnación del orden divino, las leyes y las costumbres, y madre de las Horas y las Moiras.
Tetis, diosa del mar.
Tea, diosa de la vista.

Otros titanes, hijos de estos primeros, son Prometeo, Epimeteo, Atlas, Selene, etc.

Tercera generación Divina (Dioses Olímpicos)
o   Zeus
o   Afrodita
o   Apolo
o   Ares
o   Artemisa
o   Atenea
o   Hades
o   Hefesto
o   Hera
o   Hermes
o   Dionisios
o   Poseidon

Cuantos nacieron de Gea y Urano, los hijos más terribles, estaban irritados con su padre desde siempre. Y cada vez que alguno de ellos estaba a punto de nacer, Urano los retenía a todos ocultos en el seno de Gea sin dejarles salir a la luz y se gozaba cínicamente con su malvada acción.
La monstruosa Gea, a punto de reventar, se quejaba en su interior y urdió una cruel artimaña. Produciendo al punto un tipo de brillante acero, forjó una enorme hoz y luego explicó el plan a sus hijos. Armada de valor dijo afligida en su corazón:
 "¡Hijos míos y de soberbio padre! Si queréis seguir mis instrucciones, podremos vengar el cruel ultraje de vuestro padre; pues él fue el primero en maquinar odiosas acciones."
Así habló y lógicamente un temor los dominó a todos y ninguno de ellos se atrevió a hablar. Mas el poderoso Cronos, de mente retorcida, armado de valor, al punto respondió con estas palabras a su prudente madre:
"Madre, yo podría, lo prometo, realizar dicha empresa, ya que no siento piedad por nuestro abominable padre; pues él fue el primero en maquinar odiosas acciones."
Así habló. La monstruosa Gea se alegró mucho en su corazón y le apostó secretamente en emboscada. Puso  en sus manos una hoz de agudos dientes y disimuló perfectamente la trampa.
Vino el poderoso Urano conduciendo la noche, se echó sobre la tierra ansioso de amor y se extendió por todas partes. El hijo, saliendo de su escondite, logró alcanzarle con la mano izquierda, empuñó con la derecha la prodigiosa hoz, enorme y de afilados diente, y apresuradamente segó los genitales de su padre y luego los arrojó a la ventura por detrás.
No en vano escaparon aquéllos de su mano, pues cuantas gotas de sangre salpicaron, todas las recogió Gea. Y al completarse un año, dio a luz a las poderosas Erinias, a los altos Gigantes de resplandecientes armas, que sostienen en su mano largas lanzas, y a las Ninfas que se llaman Melias sobre la tierra ilimitada.


Afrodita es la diosa de la belleza y del amor, de la lujuria. Su nombre significa “surgida de la espuma”. El mito de su  nacimiento, contado por Hesíodo en la Teogonía, está relacionado con el nacimiento del Olimpo.

Gea, incita a sus hijos para que se posicionen en contra de su padre, Urano, ya que éste, movido por el odio, les obligaba a vivir bajo tierra. Con una hoz, Crono -el hijo menor- cortó los órganos sexuales a su padre y los arrojó al mar.  Alrededor de los genitales surgió una espuma de color blanco, en cuyo centro nació Afrodita.
Por orden de Zeus, Afrodita se entregó a Hefesto. Sin embargo, no siempre le fue fiel, pues según cuenta Homero en el canto VIII de la Odisea  mantuvo un romance con Ares, dios de la Guerra.
De la unión de Afrodita y Ares surgieron Eros, Fobo, Anteros, Deimo y Harmonía. En el plano terrenal, Afrodita se ve humillada a costarse con un mortal, Anquises, del que engendra a Eneas; luego se las ingenia para decir que Eneas era hijo de una Ninfa.
La diosa del amor es conocida, asimismo, por ayudar a los mortales en sus pretensiones amorosas, aunque también castiga a quien se opone a su voluntad.

Cronos, temeroso por las palabras de su padre, maquinó acabar con sus hijos y con este propósito se los comía al nacer, sin hacer caso de las súplicas y lágrimas de Rhea.
Así fue devorando a Hestia, Hera, Hades y Poseidón; pero su madre, cuando quedó encinta por sexta vez, decidió salvar a su hijo y en medio de la noche se fue a dar a luz al monte Liqueo en Arcadia. Luego de parir, bañó a su hijo en el río Neda, lo llamó Zeus y lo envió a su madre, Gea.

La Madre Tierra lo llevó al monte Licto en Creta y lo ocultó en una cueva en la falda del monte Egeo, donde lo puso al cuidado de las ninfas Melianas, Adrastea y su hermana Io, hijas Meliseo, y de la ninfa Amaltea, una cabra o mujer ubérrima como las cabras, quien nutrió al niño con miel y lo amamantó a sus pechos al mismo tiempo que a su hijo Pan.
La cuna Zeus colgaba de un árbol, para que, según el oráculo, Cronos no pudiera hallarlo ni en la tierra, ni en el cielo, ni en el mar. Rodeaban además su cuna las Curetes, hijas y sacerdotisas guerreras de Rea, que, cuando el bebé lloraba, golpeaban sus armas, gritaban y cantaban al son de estruendosos tambores que ahogaban el llanto del pequeño Zeus para que no lo oyera su padre Cronos. Así, el joven dios llegó a la edad adulta y vino el día en que se cumplió la profecía.

Zeus, agradecido a sus nodrizas y sentado ya en el trono celestial, puso a Amaltea en la constelación de Aries o Capricornio y dejó uno de sus cuernos a las ninfas, de donde podrían sacar tantas frutas y bebidas como quisieran, porque nunca se agotaría, que fue el Cuerno de la Abundancia o Cornucopia.
Entretanto Rea había envuelto una piedra en pañales en el Monte Taumacio de Arcadia y, cuando Cronos le pidió que le entregara al nuevo bebé, se la entregó llorando para que lo engullera. Cronos se la tragó sin siquiera mirarla y se fue satisfecho creyendo que se había comido a su hijo recién nacido.

Sin embargo Cronos no tardó en descubrir el engaño, tal fue el ardor que la piedra le produjo en el estómago, y se puso a perseguir a Zeus, que se iba transformando en serpiente y sus nodrizas en osas. No pudo atraparlos Cronos y siguió creciendo en el Monte Ida, entre pastores, en una caverna distante de la anterior.

Allí conoció a la titánide Themis, quien ideó la trama para derrocar a Cronos: propuso a Rea que convenciera al viejo para que aceptara los servicios de Zeus, a quien no conocía.
Aceptó el dios y nombró al joven camarero personal. Zeus entonces, aprovechando este privilegio, ofreció a Cronos una copa de néctar con un vomitivo a base de mostaza, vino.
Este se la tomó, se durmió inmediatamente y vomitó la piedra y los cinco hijos que había engullido.  Aunque hay divergencia acerca de si Poseidón fue devorado o no, ya que según algunas fuentes Rea dio un potrillo en su lugar, y escondió al muchacho entre los caballos. Sea como fuere, los cinco dioses volvieron sanos al mundo y a la vida, sin daño alguno, cosa de dioses naturalmente, y, agradecidos a Zeus, lo nombraron su capitán, que así quedó convertido en el supremo, el megadios.
A su vez, a Cronos lo enviaron de perpetuas vacaciones al Tártaro junto con sus hermanos… Pero estos estaban tramando pacientemente su desquite.
Zeus envió la piedra con que Rea engañó a su padre Cronos a Delfos donde fue venerada y ungida constantemente con aceite. «Zeus la clavó sobre la anchurosa tierra, dice sin embargo el poeta, en la sacratísima Pito, en los valles del pie del Parnaso, monumento para la posteridad, maravilla para los hombres mortales».

En una guerra llamada la Titanomaquia, Zeus y sus hermanos y hermanas junto con los Hecatónquiros y Cíclopes, derrocaron a Crono y a los otros Titanes, que fueron encerrados en el Tártaro, un lugar húmedo, lúgubre, frío y neblinoso en lo más profundo de la Tierra y allí quedaron custodiados por los Hecatónquiros. Atlas, uno de los titanes que luchó contra Zeus, fue castigado a sostener la bóveda celeste.
Tras la batalla con los Titanes, Zeus se repartió el mundo con sus hermanos mayores, Poseidón y Hades, echándoselo a suertes: Zeus consiguió el cielo y el aire, Poseidón las aguas y Hades el mundo de los muertos (el inframundo). La antigua tierra, Gea, no podía ser reclamada y quedó bajo el dominio de los tres según sus capacidades, lo que explica por qué Poseidón era el dios de los terremotos y Hades reclamaba a los humanos que morían.
Gea estaba resentida por cómo Zeus había tratado a los Titanes, porque eran sus hijos. Poco después de subir al trono como rey de los dioses, Zeus tuvo que luchar con otros hijos de Gea, los monstruos Tifón y Equidna. Zeus derrotó a Tifón atrapándole bajo una montaña, pero dejó a Equidna y a sus hijos con vida como desafío para futuros héroes. Esta lucha se llamó Tifanomaquia.
Sin embargo, las luchas no habían cesado para el nuevo dios pues los gigantes, otros hijos perversos de Gea, decidieron atacar el Olimpo con la firme intención de arrasarlo y destruir a sus moradores. La valentía de Atenea y la ayuda de Hércules fueron decisivas para la victoria de Zeus en esta horrible batalla

Como sabemos y como había dispuesto el destino inexorable, Zeus ascendió a las doradas cimas del Olimpo; destronó y desterró al viejo Saturno (Cronos) y reinó en su lugar, sobre el trono divino. Pero los primeros tiempos de su mandato no fueron fáciles para el joven rey.
Debéis saber que, encadenados desde hacía milenios, vivían en las profundas y pavorosas cuevas, los Titanes. Eran monstruosos gigantes, tan orgullosos que no quisieron reconocer la autoridad de aquel joven rey.
Y, para demostrar su descontento, sacudieron rabiosamente la corteza terrestre, hicieron temblar las montañas, produjeron terremotos, suscitaron fragores y desdichas sin fin sobre toda la haz de la tierra.
Entonces Júpiter, creyendo con ello poner fin a tanto tumulto, los liberó generosamente. Pero fue un error. Lejos de calmarse, los gigantes, al verse libres, salieron en hordas de las cavernas subterráneas y se lanzaron con furia contra el Olimpo.
Para alcanzar la espléndida morada de Júpiter, amontonaron las montañas, unas sobre otras, y ascendiendo sobre ellas arrancaron, desde allí, piedras enormes y las lanzaron, contra la cima luminosa cubierta de nubes.
Algunas de las piedras la caer sobre la tierra, formaron las colinas rocosas; otras caídas en medio del océano, hicieron surgir las islas.
Más de diez años duro la feroz rebelión de los Titanes hasta que cansado, Júpiter, se decidió pedir ayuda a los Cíclopes, los gigantes que tenían un único ojo sobre la frente y que vivían encadenados sobre las húmedas cuevas junto al Tártaro.
Descendió, pues, a las desoladas profundidades de la tierra y les dijo:
--Concededme la fuerza de vuestros brazos, ¡oh, gigantes prisioneros! Y yo os librare para siempre de las cadenas que os aprisionan en estas cuevas, cargadas de malsanos vapores en las tinieblas del subsuelo.
Los Cíclopes que en las inmensas fraguas subterráneas, estaban forjando los rayos de Júpiter, abandonaron sus martillos e irguiendo sus gigantescas cabezas, contestaron:
- Nuestra fuerza está a tu servicio, oh, divino soberano.
Y le siguieron, dóciles, hacia la luz del sol, en la superficie de la tierra.  El encuentro de los Titanes con los Cíclopes fue pavoroso, terrible feroz. Los Cíclopes blandían a millares las refulgentes espadas; los titanes arrojaban, furiosamente, gigantescas piedras.
Se oyó un formidable grito de guerra y el eco llegó hasta el Olimpo y penetró en los oscuros abismos del Tártaro. Las piedras arrojadas por los gigantes chocaban ruidosamente, el clamor llegaba hasta las estrellas, los cuerpos enormes de los combatientes se mezclaban entre sí en la lucha salvaje y sus gritos desgarraban el aire.
Pero la batalla continuaba indecisa. Entonces, Júpiter, descendió en su carro dorado, al campo de batalla y se presentó como el ejecutor de la justicia divina, entre los enfurecidos gigantes.
Su rayo poderoso cayó sobre los Titanes, le siguió un trueno ensordecedor, y un humo sofocante y espeso, envolvió, como un viento maléfico, las filas de los rebeldes.
Aprovechando un tumultuoso desorden que siguió a esta aparición, los Cíclopes arrojaron, grandes piedra sobre los Titanes y Zeus les precipitó en las tristes cavernas del Tártaro de donde no irían a salir nunca más, Los custodiaban los cíclopes y los Hecatónquiros. A otros, como Atlas, los condenó a cargar el globo terráqueo. Algunos titanes que no participaron en la lucha fueron perdonados como Prometeo y Epimeteo.
Aquella fue la última guerra que Júpiter hubo de sostener contra los rebeldes titanes.
Después de su victoria, el gran dios reinó indiscutido sobre la tierra y el cielo. Y desde su trono de oro, en los maravillosos palacios del Olimpo, no tenía más que hacer un gesto para que todos, hombres y cosas, le obedecieran ciegamente, al menos eso creía él.

Enfurecidos porque Zeus había confinado a sus hermanos, los Titanes, en el Tártaro, ciertos gigantes altos y terribles, con cabellos y barbas largos y colas de serpiente en vez de pies, tramaron un ataque al Cielo. Eran hijos de la Madre Tierra nacidos en la ática Flegras y su número alcanzaba a veinticuatro.
Sin advertencia previa, tomaron rocas y teas y las lanzaron hacia arriba desde las cumbres de sus montañas, poniendo en peligro a los olímpicos. Hera profetizó tétricamente que los gigantes no podrían ser muertos por ningún dios, sino sólo por un mortal particular con piel de león y que incluso éste nada podría hacer a menos que se anticipase al enemigo en su búsqueda de cierta hierba de invulnerabilidad que crecía en un lugar secreto de la tierra.

Inmediatamente Zeus consultó con Atenea y envió a ésta para que advirtiera a Heracles, el mortal con piel de león a quien Hera se refería evidentemente, cómo estaban exactamente las cosas; y prohibió a Eos, Selene y Helio que relucieran durante un tiempo. A la débil luz de las estrellas, Zeus recorrió a tientas la tierra, y en la región a la que le dirigió Atenea encontró la hierba, que llevó felizmente al Cielo. Los olímpicos podían ya luchar contra los gigantes. Heracles lanzó su primera flecha contra Alcioneo, el caudillo de los enemigos. Cayó a tierra, pero se levantó de ella vivificado, porque aquella era su tierra natal de Flegras. «¡Rápido, noble Heracles! —gritó Atenea— ¡Arrástralo a otra región!» Heracles tomó a Alcioneo a cuestas y lo arrastró hasta el otro lado de la frontera tracia, donde lo mató con una maza. Luego Porfirión saltó al Cielo desde la gran pirámide de rocas que habían amontonado los gigantes, y ninguno de los dioses logró mantenerse firme.

Solamente Atenea adoptó una actitud defensiva. Pasando a toda prisa por su lado, Porfirión se lanzó contra Hera, a la que trató de estrangular, pero herido en el hígado por una flecha oportuna disparada por el arco de Eros, cambió su ira por lujuria y rasgó la magnífica túnica de Hera. Zeus, al ver que su esposa iba a ser ultrajada, corrió a la lucha con una ira celosa y derribó a Porfirión con un rayo.
Volvió a levantarse, pero Heracles, que regresaba a Flegras en aquel preciso momento, lo hirió mortalmente con una flecha. Entretanto, Efialtes había vencido a Ares, obligándolo a arrodillarse ante él, pero Apolo hirió al desdichado en el ojo izquierdo y llamó a Heracles, quien inmediatamente le clavó otra flecha en el derecho.

Así murió Efialtes. Y sucedió que, cada vez que un dios hería a un gigante —como cuando Dioniso derribó a Éurito con su tirso, o Hécate chamuscó a Cutio con sus antorchas, o Hefesto escaldó a Mimante con un caldero de metal candente, o Atenea aplastó al lascivo Palante con una piedra— era Heracles quien tenía que asestar el golpe mortal. Hestia y Deméter, las diosas amantes de la paz, no intervinieron en la lucha, sino que permanecieron aterradas y retorciéndose las manos; sin embargo, las Parcas manejaban las manos de mortero de bronce con mucha eficacia.

Desanimados, los demás gigantes huyeron de vuelta a la tierra perseguidos por los olímpicos. Atenea lanzó un gran proyectil contra Encelado, quien quedó aplastado y se convirtió en la isla de Sicilia. Y Posidón arrancó una parte de la isla de Cos con su tridente y la arrojó contra Polibotes, esto se convirtió en la cercana islita de Nisiros, bajo la cual yace enterrado el gigante.
Los demás gigantes hicieron una última resistencia en Batos, cerca de la arcadia Trapezunte, donde la tierra todavía abrasa y los labradores desentierran a veces huesos de gigantes. Hermes pidió prestado a Hades el yelmo de la invisibilidad y derribó a Hipólito, y Artemis atravesó a Gratión con una flecha, en tanto que las manos de mortero de las Parcas rompían las cabezas de Agrio y Toante. Ares, con su lanza, y Zeus, con su rayo, dieron cuenta del resto, aunque llamaban a Heracles para que rematara a cada gigante cuando caía. Pero algunos dicen que la batalla se libró en los Campos Flegreos, en las cercanías de Cumas, en Italia.

Cuentan que Leda caminaba junto al río Eurotas, cuando el señor de los dioses, enloquecido por su belleza, descendió de las nubes bajo la forma de un espléndido cisne blanco. Acto seguido, simuló ser perseguido por un ánguila. La muchacha, conmovida, lo recibió a la sombra de un árbol.
En este punto la leyenda se bifurca. Para algunos Leda se entregó voluntariamente a los abrazos alados del dios; otros, en cambio, señalan que fue Zeus quien esperó un descuido de la joven, ocupada como estaba en acariciar sus alas a causa del efecto hipnótico que le causaban sus plumas blanquísimas. Recién entonces, todavía bajo la forma de un cisne, Zeus la estrechó contra su pecho y la forzó a amarlo entre graznidos impropios de una deidad que se jacta de inmortal.
Lo cierto es que yacieron juntos y que esa misma noche, cuando Leda volvió al palacio, se vio obligada -por su marido y acaso también por la culpa- a yacer en el lecho con el rey.
De esta doble unión nacerían cuatro seres fundamentales para la evolución de la historia.
Leda se levantó antes de que la aurora rompa el horizonte, y en la clandestinidad de unas habitaciones secretas puso dos huevos. El primero contenía a Helena y Pólux, hijos de Zeus; y el otro a Clitemnestra y Cástor, hijos de Tindáreo.
Helena sería nada menos que la mujer más hermosa del mundo, cuyo rapto por parte de Paris desencadenaría la guerra de Troya. Su hermana, Clitemnestra, de estirpe mortal pero no por ello menos encantadora, sedujo el corazón de Agamenón, rey de la liga griega que se embarcó a Illión para simular venganza.
Cástor y Pólux, los gemelos dióscuros, integrarían el selecto grupo de marineros elegidos por Jasón, que luego serían conocidos como los argonautas.


El rapto de doncellas parece ser una afición de los dioses. Los grupos de jóvenes paseando o juntando flores es algo irresistible para ellos.
Y es así como se encontraba Europa: junto a sus amigas estaba juntando flores cuando de pronto se vieron cercadas por una manada de toros. Entre ellos uno sobresalía del resto, era blanco inmaculado, deslumbrante, de aspecto manso y lucía un pequeño par de cuernos brillantes. Europa venció el miedo del principio y se fue acercando poco a poco hasta ofrecerle en el hocico su ramo de flores. El toro actuó como un cachorro, se revolcó en el césped gimiendo de alegría; entonces, cuando se puso de pie, Europa se atrevió a montarlo. Eros actuó y colocó a la doncella sobre Zeus. El toro paseó con Europa en el lomo, se acercó lentamente a la playa, se acercó al agua. En ese mismo instante se convirtió en un animal fuerte que se enfrentó a las olas con Europa en su lomo.
Otra versión nos dice que el toro que se presentó ante la doncella era rubio, con una mancha blanca en la frente, y que emanaba de su cuerpo un exquisito perfume que anulaba al de las flores. Se detuvo ante Europa y mansamente comenzó a lamerle el cuello. La princesa se animó a tocarlo, lo acarició mientras le limpiaba la abundante baba que salía de la boca del animal. El toro se arrodilló ofreciéndole la grupa a la doncella. Ella no dudó y, en cuanto lo monta, el toro se lanza al mar.
Por supuesto, el toro era Zeus.
Zeus y Europa arribaron a una isla llamada Creta en donde se unieron debajo de un vasto plátano. Luego Zeus desapareció. De esta unión nacieron Minos, Sarpedón y Radamatis.

Hijo de Zeus y de Alcmena, esposa de Anfitrión, fue concebido en una triple noche, sin que por ello se alterase el orden de los tiempos, ya que las noches siguientes fueron más cortas.
Se dice que el día de su nacimiento resonó el trueno en Tebas con furioso estrépito, y otros muchos presagios anunciaron la gloria del hijo del dueño y señor del Olimpo.
Alcmena dio a luz dos mellizos, Hércules e Ificles. Anfitrión deseando saber cuál de los dos era su hijo, envió dos serpientes que se aproximaron a la cuna de los mellizos. El terror se apoderó de Ificles, quien quiso huir, pero Hércules despedazó a las serpientes y mostró ya entonces, que era digno hijo de Zeus.
Por otro lado, Hera, movida por los celos, resolvió eliminar al recién nacido enviando contra él a dos terribles dragones para que le despedazasen. El niño, sin el menor espanto, los trituró e hizo pedazos.
Palas logró que se apaciguara la cólera de Hera hasta el extremo de que la reina de los dioses consintió en darle de mamar de su pecho al hijo de Almena. Se cuenta que Hércules, abandonando el pecho, dejó caer algunas gotas de leche que se derramaron sobre el cielo, formándose de esta singular manera la vía láctea o camino de Santiago.
Los maestros más hábiles se encargaron de la educación de Hércules, Autólico le enseñó la lucha y la conducción de carros; Eurito, rey de Elia, el manejo del arco: Eumolpo, el canto; Cástor y Pólux, la gimnasia; Elio, le enseñaba a tocar la lira y el centauro Quirón, la astronomía y medicina.
Su desarrollo físico fue extraordinario y su fuerza portentosa. Hércules era un gran bebedor, y su jarro era tan enorme que se necesitaba la fuerza de dos hombres para levantarlo.
Cuando Hércules creció, Hera vertió en su copa un veneno que lo enloqueció y esta locura hizo que Hércules matara a su mujer y a sus propios hijos confundiéndolos con enemigos. Como castigo fue enviado con el primo de Hera, Euristeo, para servirle por 12 años. Euristeo, estimulado por Hera, siempre vengativa, le encomendó las empresas más duras y difíciles, las cuales se llamaron los doce trabajos de Hércules. Estas fueron: El león de Nemea, la hidra de Lerna, el jabalí de Erimanto, las aves de Stinfálidas, la cierva de Artemisa, el toro de Creta, los establos de Augías, robar los caballos de Diomedes, robar las manzanas de las Hespérides, arrebatar el cinturón de Hipólita, dar muerte al monstruo Gerión, y arrastrar a Cerbero fuera de los infiernos.
De todos ellos salió victorioso el héroe y son otros muchos los que asimismo se le atribuyen, pues casi todas las ciudades de Grecia se vanagloriaban de haber sido teatro de algún hecho maravilloso de Hércules. Exterminó a los centauros, mató a Busilis, Anteo, Hipocoón, Laomedonte, Caco y a otros muchos tiranos; libró a Hesione del monstruo que iba a devorarla, y a Prometeo del águila que le comía el hígado, separó los dos montes llamados más tarde columnas de Hércules, etc.
El amor, pese a las numerosas hazañas realizadas por el héroe, ocupó intensamente el espíritu y el cuerpo de Hércules. Tuvo muchas mujeres y gran número de amantes. Las más conocidas son Megara, Onfalia, Augea, Deyanira y la joven Hebe, con la cual se casó en el cielo, sin olvidar las cincuenta hijas de Testio, a las cuales hizo madres en una noche.
El odio del centauro Neso, unido a los celos de Deyanira, fueron la causa de la muerte del héroe. Sabedora esta princesa de los nuevos amores de su esposo, le envió una túnica teñida con la sangre del centauro, creyendo que con ello impediría que amara a otras mujeres. Pero apenas se la puso el veneno del que estaba impregnada hizo sentir su funesto efecto, y penetrando a través de la piel, llegó en un momento hasta los huesos. En vano procuró arrancarla de sus espaldas; la túnica fatal estaba tan pegada a la piel que sus pedazos arrastraban tiras de carne.
Las más espantosas imprecaciones contra la perfidia de su esposa brotaron de los labios del héroe, y comprendiendo que se acercaba su última hora, constituyó una pira en el monte Oeta, extendió sobre ella su piel de león, y echándose encima mandó a Flictetes que prendiera fuego y cuidase sus cenizas.
En el mismo instante en que comenzó a arder la pira, se dice que cayó un rayo sobre ella para purificar lo que pudiera quedar de mortal en Hércules. Zeus lo subió al Olimpo y lo colocó entre los semidioses.

Cuenta la leyenda que el Minotauro, monstruo con cabeza de toro y cuerpo de hombre, era hijo de Pasifae, reina de Creta, y de un toro que el dios Poseidón había enviado al marido de Pasifae, el rey Minos.
Cuando Minos se negó a sacrificar el animal, Poseidón hizo que Pasifae se enamorara de él y engendrara un ser medio hombre, medio bestia: el Minotauro. Después de dar a luz al Minotauro,
Minos ordenó al arquitecto e inventor Dédalo que construyera un laberinto tan intrincado que fuera imposible salir de él sin ayuda. Allí fue encerrado el Minotauro. Durante 27 años, el hijo ilegítimo de la reina permaneció oculto en el inexpugnable laberinto de Cnosos, siendo alimentado con jóvenes víctimas humanas que Minos exigía como tributo de Atenas. El héroe griego Teseo se mostró dispuesto a acabar con esos sacrificios inútiles y se ofreció a sí mismo como una de las víctimas.
Cuando Teseo llegó a Creta, la hija de Minos, Ariadna, se enamoró de él. Ella lo ayudó a salir dándole un ovillo de hilo que él sujetó a la puerta del laberinto y fue soltando a través de su recorrido.
Cuando se encontró con el Minotauro dormido, golpeó al monstruo hasta matarlo, salvando también a los demás jóvenes y doncellas condenados al sacrificio haciendo que siguieran el recorrido del hilo hasta la entrada.
Los historiadores, que no pueden evitar la tentación de concederle al mito cierto trasfondo de verdad, han explicado que el triunfo de Teseo debió de ser un símbolo de la definitiva decadencia minoica y del advenimiento de nuevas culturas provenientes del continente.
Pero a muchos cretenses les sigue gustando visitar las ruinas de Cnosos y buscar en ellas la sombra del Minotauro.

Perseo es un semidiós de la mitología griega, hijo de Dánae. Ésta había sido encerrada por su padre, Acrisio el rey de Argos, en una torre, para impedir que tuviera trato con varón, ya que una profecía le había anunciado que moriría a manos de su nieto. Sin embargo, Zeus se metamorfoseó en lluvia de oro y consiguió acceder a la estancia de Dánae y dejarla encinta.
Dánae engendró a Perseo, y al enterarse Acrisio los arrojó al mar en un cofre. Tras vagar durante mucho tiempo a la deriva, llegaron al reino de Sérifos, donde fueron recogidos por Dictis, hermano del gobernante de la isla, el tirano Polidectes, que es para Perseo como un padre.
La belleza de Dánae hizo que Polidectes también cayera enamorado de ella. Pensando que el joven Perseo podía ser un estorbo en sus planes intentó librarse de él mediante una estratagema.
Esta consistía en hacer creer a todo el mundo que pretendía conquistar a la princesa Hipodamía. Polidectes pidió a los habitantes de la isla que le entregasen un caballo cada uno como presente para poder ofrecer como regalo a la princesa. Al no tener ningún caballo que ofrecerle, Perseo le prometió traerle la cabeza de Medusa, una de las tres Gorgonas que podía convertir en piedra a los hombres sólo con su mirada. Polidectles aceptó satisfecho el ofrecimiento, pensando que la misión era un suicidio y el joven nunca regresaría.
Sin embargo, Zeus decidió ayudar a su hijo por lo que pidió a los dioses Atenea y Hermes que le prestaran su ayuda. Hermes le dio una espada con la que poder cortar la cabeza de Medusa mientras que Atenea le regaló un brillante escudo y le aconsejó sobre las tareas que tendría que realizar.
Con el fin de encontrar el escondite de Medusa, Perseo fue en busca de las Grayas, tres brujas que sólo tenían un mismo ojo y un mismo diente y que compartían pasándoselos una a la otra. Perseo les arrebató el ojo y el diente, obligándolas a confesar donde estaba situada la residencia de Medusa a cambio de devolvérselos.
En su camino, Perseo se encontró con las náyades, de las que consiguió un zurrón mágico, el casco de Hades, que permitía volver invisible al que lo llevara puesto, y unas sandalias aladas. Con la ayuda de estos objetos logró introducirse en la residencia de las gorgonas. Usando el escudo como espejo logró cortar la cabeza de Medusa sin tener que mirarla. De la sangre de Medusa nació el caballo alado Pegaso.


Para la mitología griega, Aquiles fue el principal héroe de la Guerra de Troya y el más fuerte, rápido y bello guerrero de la Iliada de Homero. Hijo de Peleo, rey de los Mirmidones en Ftia, y de Tetis, una ninfa marina, Aquiles era considerado invencible, pero no inmortal.
Para explicar la invulnerabilidad de Aquiles, existen dos versiones: una nos dice cuando nació, su madre Tetis lo sostuvo del talón y lo sumergió en el río Estigia para volverle inmortal, pero su talón jamás tocó las aguas, permaneciendo vulnerable como el de cualquier otro mortal.
Otra versión cuenta que Tetis lo ponía al fuego del hogar para quemar las partes mortales de su cuerpo y luego ungía al niño con ambrosía, hasta que fue interrumpida por Peleo, quien le arrebató al niño de sus manos y éste quedó con un talón carbonizado. Enfurecida, Tetis los abandonó a ambos y Peleo sustituyó el talón quemado de Aquiles por la taba del gigante Dámiso, famoso por su gran velocidad. Esta versión también comenta por qué le llamaban “el de los pies ligeros”.
Aquiles creció junto a Patroclo en el monte Pelión, donde se alimentaba de fieros jabalíes, entrañas de león y médula de oso para aumentar su valentía. También aprendió el tiro con arco, el arte de la elocuencia y el canto, y la curación de las heridas. Si bien la Ilíada de Homero es el relato más famoso de las hazañas de Aquiles en la Guerra de Troya, ésta solamente abarca unas pocas semanas de la guerra y no narra la muerte de Aquiles.
Durante una de las batallas, los troyanos lograron hacer retroceder a las fuerzas griegas y asaltaron sus barcos. Dirigidos por el príncipe Héctor, los griegos parecían estar a punto de caer, hasta que Patroclo logró repeler a los troyanos de las playas, pero murió a manos de Héctor antes de que lograsen tomar la ciudad de Troya.
Cuando Aquiles supo la noticia, la ira y el dolor lo invadieron de tal manera que estuvo a punto de quitarse la vida. Patroclo fue velado toda la noche, y Aquiles juró que vengaría su muerte. Le pidió a su madre una nueva y más poderosa armadura y salió al campo de combate, donde mató a Héctor y luego ató su cuerpo inerte a su carro, arrastrándolo por nueve días en torno a los muros de Troya, sin permitir que tuviera los ritos funerales. Hasta que la ayuda del dios Hermes, el rey Príamo lo convenció a Aquiles de que le permitiese celebrar los ritos funerarios de su hijo.
El poderoso Aquiles, aparentemente invencible, finalmente fue derrotado por el príncipe troyano Paris, quien le disparó una flecha envenenada –según algunas versiones- dirigida por el dios Apolo al talón izquierdo y lo mató. Sus restos fueron mezclados con los de su gran amigo Patroclo y su mitica armadura abrió una disputa entre Ulises y Áyax el Grande, primo mayor de Aquiles. Luego su madre Tetis consiguió para su hijo la inmortalidad y esté vivió en la isla de Leuce en la desembocadura del Danubio, donde se le rindió culto


Según Homero, el más valiente de los griegos después de Aquiles. Acudió al sitio de Troya con doce bajeles, y se distinguió al frente de los combatientes de Megara y Salamina. Luchó con Héctor y le hirió. Muerto Aquiles, Ajax y Ulises disputaron las armas del héroe, y cada uno defendió su pretensión ante la asamblea de capitanes.
Ajax invocó sus hazañas bélicas. Ulises su habilidad e ingenio. Triunfó Ulises. Lleno Ajax de desesperación por una preferencia que creía injusta, levantose de la cama durante la noche, y, en completo delirio, empuñó su espada, recorrió el campo de las griegos y, creyendo dar muerte a - Ulises, Menelao y Agamenón, degolló los carneros y las cabras que pacían alrededor de las tiendas.
Vuelto en sí de su alucinación, y al ver que era objeto de burlas por parte de sus soldados, hundióse en el pecho la espada que Héctor le habla regalado. De la tierra empapada con su sangre nació una flor purpúrea (jacinto), sobre cuyas hojas se veían las iniciales AI, primeras letras de Alas, y que son desde entonces la expresión del suspiro.
Ajax murió antes de la toma de Troya, y los griegos le eligieron un magnífico monumento sobre el promontorio de Retro. Homero le llamó Ajax Telamón, Ajas el Grande, o simplemente Ajax, para distinguirle del otro Ajax, hijo de Oileo, llamado también el Locriano o Ajax el Pequeño.
Se cuenta que Ulises conmovido, depositó sobre su tumba las armas de Aquiles, causa de su muerte.

Ulises, como casi todos los reyes griegos, corteja a la bella Helena. El padre de Helena, Tíndaro, no sabe a quién conceder la mano de su hija, pues teme la reacción de los poderosos reyes. Es Ulises quien da con la solución: Helena elegirá y todos los demás se comprometerán, tanto a respetar su decisión, como a defender el matrimonio de futuros problemas. Tíndaro está muy agradecido a Ulises que, pícaramente, aprovecha para pedirle un favor: que le conceda la mano de su sobrina, Penélope. Tíndaro accede y Ulises y Penélope se casan.
Cuando poco tiempo después Helena es raptada por Paris, príncipe de Troya, su esposo Menelao recluta a los reyes griegos para marchar contra Troya. Pese a que la alianza para proteger el matrimonio entre Menelao y Helena ha sido idea suya, Ulises no quiere sumarse al grupo de reyes griegos que comanda Agamenón. Hace sólo un año que se ha casado con Penélope, y tienen un hijo recién nacido: Telémaco. Además, un oráculo había predicho que, si Ulises iba a la guerra, pasarían muchos años antes de que pudiera volver a casa. Así que Ulises idea una estratagema para librarse del reclutamiento. Cuando Agamenón va a buscarlo, Ulises se finge loco, y hace sinsentidos como arar la tierra usando un asno en lugar de un buey y sembrando sal en vez de semillas.
Agamenón encuentra un poco sospechoso ese repentino brote de locura y pone a prueba a Ulises. Coge a su pequeño hijo y lo coloca justo delante del arado. Ulises reacciona de inmediato, frena al asno, toma en brazos a Telémaco y lo calma con palabras suaves y muy sensatas. Descubierta la farsa, Ulises tiene que mantener la palabra que dio a Menelao, y accede a formar parte de las tropas griegas. Antes de partir, se despide de su esposa e hijo y le dice a Penélope que si él no vuelve a casa cuando Telémaco alcance la edad viril, ella debe volver a casarse.

Los Atridas o Atreides (en griego antiguo οἱ τρείδαι ) son, en la mitología griega, los descendientes de Atreo, rey de Micenas. Este linaje fue maldecido por los dioses debido a que se fundó con la sangre del hermano gemelo de Atreo, Tiestes, y su destino estuvo marcado por el asesinato, el parricidio, el infanticidio y el incesto.
Sólo Apolo pudo interrumpir el ciclo de violencia al hacer que Orestes, el matricida, fuese juzgado en la colina del Aéropago por el primer tribunal criminal de la ciudad de Atenas.
La maldición es incluso anterior a Atreo, pues su abuelo, Tántalo, hijo de Zeus, al ser invitado a la mesa de los dioses y probar el nectar y la ambrosía, alimentos que conferían la inmortalidad a los dioses, concibió la idea de robarlos para ofrecérselos a los hombres. Unido a esto, invitó a los dioses a su mesa para probarlos y ver si eran omniscientes, ofreciéndoles en esa cena a su propio hijo, Pélope, guisado. Por todo ello sería condenado en el Tártaro.
Pélope, reconstruido y resucitado, pasó a ser copero de los dioses, gracias a cuyo favor se casó con Hipodamía y se apoderó del trono de la Élide.
Otras narraciones legendarias sobre la familia Atrida nos narra, por ejemplo, como Atreo, el padre de Agamenón, asesinó a los hijos de su hermano Tiestes, para impedir que más adelante pudieran arrebatarle el trono. En una acción sin duda truculenta Atreo, tras asesinar a sus sobrinos, los sirvió guisados en una comida que ofreció a su propio hermano, quién huyó horrorizado jurando venganza, que conseguiría otro de los hijos de Tiestes, Egisto, que más adelante tuvo oportunidad de matar al impío Atreo y restaurar a Tiestes en el trono de Micenas.

Pasado el tiempo, el mito nos narra cómo Agamenón, hijo de Atreo, expulsa nuevamente del trono a su tío Tiestes, partiendo a continuación, en su calidad de "Rey de Reyes" a sitiar Troya, encontrándose, a su regreso, con que su propia esposa Clitemnestra, en complicidad con Egisto, convertido ahora en su amante, no dudan en asesinarle. Posteriormente, Orestes, hijo de Agamenón y Clitemnestra, tampoco vacilará, utilizando los criterios de una durísima venganza, en matar a su propia madre y a su amante.
Desde entonces habrán de perseguirle las terribles Erinias, las diosas de la venganza, que le atormentarán sin descanso, como nos ha narrado Esquilo en su "Orestíada", hasta que los dioses, compadecidos, le libren de esa feroz maldición.
 No debe extrañarnos, sin embargo, la terrible acción de Clitemnestra al asesinar a su esposo, ya que lo cierto es que, realmente, argumentos no le faltaban para ello.

En efecto, su unión matrimonial había nacido maldita, ya que Agamenón había matado antes al anterior esposo de Clitemnestra, Tántalo, y al hijo de ambos. Por si fuera poco, cuando el "Rey de Reyes" inició la partida hacía Troya tuvo que sacrificar a su querida hija Ifigenia en Áulide, para así aplacar la ira de la diosa Artemisa y conseguir vientos favorables que impulsarán sus naves hacía el reino troyano.
Eurípides nos ha dejado escritas las terribles dudas de Agamenón ante esa imperiosa necesidad de sacrificar a su propia hija: "Tiemblo ante la idea de cometer este acto inaudito, y temo ante la idea de rechazarlo, pues sé que mi deber es cumplirlo". No es extraño, que Clitemnestra, que nunca pudo perdonar el sacrificio de su hija querida Ifigenia, no dudara en entregarse a las brazos amantes de Egisto, dudas que, posiblemente, tampoco padeció cuando decidió asesinar a Agamenón al retornar del sitio de Troya. El mito nos narra cómo ofreció al rey, que estaba saliendo del baño, una camisa cuyas mangas, pérfidamente, había cosido. Cuando Agamenón, incapaz de defenderse, se colocaba esa vestimenta, cayó acuchillado por el bronce de Egisto.
Curioso mito el de la familia de los Atridas, envuelto en sangre y pasiones, que, quizás, de alguna manera, está rememorando con formas literarias, como es usual en los poetas y en los mitos, unos tiempos de profundos enfrentamientos internos, que habrían contribuido de manera decisiva a causar el fin de la cultura micénica.