twitter
rss

Mostrando entradas con la etiqueta Mitología. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Mitología. Mostrar todas las entradas


Reinaba en Esparta, pequeña ciudad de Grecia, el joven príncipe Menelao, hijo de Atreo y hermano del poderoso rey de Micenas, Agamenón. Su morada real era pequeña, casi rústica, pero él vivía feliz en medio de su pueblo, al que amaba, teniendo a su lado a la mujer que había conquistado venciendo a mil rivales.
Éstos, los más poderosos y gallardos entre los príncipes aqueos, llegaron de todas partes para disputarse la mano de Helena, hija de Leda, la mujer más bella del mundo. Hacía dos años que Menelao había desposado a Helena, y tenían una linda niña que se llamaba Hermíone.

Un día quebró la quietud de la pequeña ciudad la llegada de algunos extranjeros. Éstos entraron por la puerta principal y bajaron de sus caballos en la plaza, frente a la morada real, en medio de un grupo de curiosos que miraban maravillados sus extrañas vestimentas, sus monturas cubiertas de polvo y sus rostros bronceados, de tipo oriental.
Entre los recién llegados se destacaba un joven de singular belleza que, por la riqueza de su vestimenta y la dignidad de su porte, parecía ser el jefe. Éste entró con un compañero en la mansión del rey Menelao y solicitó asilo para sí y los suyos. “Yo soy —dijo—— el príncipe Paris, hijo de Príamo, rey de Troya. Viajo para anular un presagio de Apolo de Delfos, y quisiera detenerme aquí durante algunos días para que descansen mis hombres y mis caballos.”
Menelao acogió de buen grado al huésped; hizo preparar el baño y los ungüentos perfumados, y un convite digno del extranjero. Durante el banquete, Paris resplandecía de juventud en las suntuosas vestimentas asiáticas. Se abrieron las puertas del salón, y apareció la dueña de casa acompañada de sus doncellas.
Con sólo verla, el huésped comprendió que su viaje no había sido inútil. Helena le pareció más hermosa aún que la diosa aparecida en aquella lejana mañana, entre las encinas del monte Ida. Por desgracia, el pastor había suscitado el mismo sentimiento en el corazón de Helena, a quien Afrodita, invisible, susurraba palabras persuasivas.
Esa misma noche, mientras la mansión real se hallaba sumida en el silencio, los extranjeros ensillaron los caballos y salieron sin ruido de la ciudad, llevando consigo la presa codiciada, a la hermosa Helena.
Para mayor vergüenza Paris robó. Además de Helena, todo lo más precioso de la casa de su anfitrión. Pocas horas después, un veloz navío cretense, impelido por fuerte brisa, se deslizaba sobre. el mar Egeo, transportando a las costas de Tróade su cargamento, triste presagio y fruto de traición.
Así empezó la famosa historia de la Guerra de Troya.


Cuenta la leyenda, que cuando Peleo, padre del valeroso Aquiles y Tetis, diosa del mar se casaron, enviaron invitaciones de la fiesta para todos los dioses, pero como no querían tener problemas en un día tan especial, decidieron que lo mejor sería no invitar a Eris, la diosa de la Discordia....
Eris se enojó tanto que se apareció en el banquete de bodas de todos modos. Furiosa se dirigió a la mesa donde se encontraban las diosas más hermosas: Hera, Atenea y Afrodita y arrojó una enorme manzana dorada con una inscripción tallada que decía: "Para la más Hermosa".

Hera dijo: "Debe ser para mí". Pero al instante, Atenea y Afrodita también reclamaron la manzana y pusieron a Zeus como árbitro. Zeus, no quería tomar parte por ninguna de las diosas ya que sabía que por lo menos dos de ellas terminarían haciendo reclamos por su intervención o lo que es peor, enemistadas con él y decidió quitarse el problema de encima. No se le ocurrió nada mejor que enviar al dios mensajero, Hermes (Mercurio), en a busca de Paris (príncipe de Troya) con el encargo del juicio que se le pedía
Hermes localizó al príncipe-pastor y le mostró la manzana de la que tendría que hacer entrega a la diosa que considerara más hermosa. Precisamente por eso lo había elegido Zeus; por haber vivido alejado y separado del mundo y de las pasiones humanas. Así, se esperaba de él que su juicio fuera absolutamente imparcial.
Cada una de las tres diosas fue desfilando ante él cubriéndolo de promesas porque a fin de cuentas cada una ya luchaba por el dudoso honor de ganarle a la otras dos diosas.
Prometo darte poder y riquezas si me eliges, serás el gobernante más poderoso- Dijo Hera.
Atenea le prometió: -Si dices que yo soy la más bella, te otorgaré gloria en las guerras y gran inteligencia y sabiduría como ningún otro.
Pero, la sensual Afrodita, que era muy astuta, le dijo: “Te daré el amor de la mujer más bella del mundo, se llama Helena”.
Afrodita obtuvo la manzana de oro, pero también de ahí en adelante Hera y Atenea se convertirían en sus peores enemigas, y odiarían a París y a su familia para siempre....
La decisión de Paris hubo de traer graves consecuencias para su pueblo, ya que la hermosa mujer por la que Afrodita hizo crecer el amor en el pecho de Paris, era Helena, la esposa del rey de Esparta, Menelao. Poco después, en ocasión del paso de Paris por las tierras de este rey, y después de haber estado una noche en su palacio, Paris raptó a la bella Helena y se la llevó a Troya. El amor por Helena daría lugar a la mayor guerra jamás vista hasta entonces: la famosa Guerra de Troya.


Cuenta la leyenda que Hércules tuvo que viajar con su esposa Deyanira al exilio. En su viaje, la pareja llegó a la orilla del río Eveno, donde el centauro Neso ayudaba a los viajeros a cruzar el cauce. Neso ayudó en primer lugar a cruzar a Hércules, pero cuando hacía lo propio con Deyanira intentó raptarla y violarla. Ante los gritos de ayuda de su esposa, el hijo de Zeus disparó una flecha al centauro, hiriéndole de muerte.

Pero, este antes de morir aún se dio tiempo de maquinar una última venganza: entregó a Deyanira una túnica envenenada con su sangre, diciéndole que con ella podría revivir el amor del esposo si algún día se debilitaba.
Pasó el tiempo. La pareja se estableció en Traquis y un día Deyanira se enteró de que Hércules se había enamorado de Yole, princesa de Ecalia, por lo que creyó que era el momento oportuno para probar la milagrosa túnica. Así que cuando su amado regresó, le ofreció la prenda como si de un regalo se tratara. Él aceptó complacido. Nada más cubrirse con ella, el héroe fue atacado por el virulento veneno que tenía impregnado; intentaba quitársela pero la prenda estaba tan adherida a su carne que se arrancaba pedazos de la misma. Devorado por el insoportable sufrimiento, mandó que levantasen una pira en el monte Eta. Una vez allí, extendió su piel de león sobre la pira y tras hacer prometer a Filoctetes (el único que le acompañaba en ese momento) que nunca revelaría su emplazamiento, se arrojó sobre la pira. Se contaba que antes de inmolarse Hércules habría perdonado a Deyanira; perdón que llegó tarde ya que ésta, destrozada por la pérdida del esposo, se ahorcó.
También se contaba que en este último instante entre los mortales Heracles habría entregado a Filoctetes las flechas emponzoñadas con el veneno de Neso, flechas que después emplearía en la guerra de Troya para dar muerte a Paris.
Con todo Heércules no murió, ya que Zeus ordenó que su amado hijo fuera sacado de las llamas y conducido al Olimpo, donde finalmente le fue concedida la inmortalidad.


Literatura -La Ilíada
(Preguntas DECO-Tipo UNMSM)

—¡Insensato! No me hables del rescate, ni lo menciones siquiera. Antes que a Patroclo le llegara el día fatal, me era grato de abstenerme de matar a los teucros y fueron muchos los que cogí vivos y vendí luego; mas ahora ninguno escapará de la muerte, si un dios lo pone en mis manos delante de Ilión y especialmente si es hijo de Príamo. Por tanto, amigo, muere tú también. ¿Por qué te lamentas de este modo? Murió Patroclo, que tanto te aventajaba. ¿No ves cuan gallardo y alto de cuerpo soy yo, a quien engendró un padre ilustre y dio a luz una diosa? Pues también me aguardan la muerte y el hado cruel. Vendrá una mañana, una tarde o un mediodía en que alguien me quitará la vida en el combate, hiriéndome con la lanza o con una flecha despedida por el arco.Así dijo.

Desfallecieron las rodillas y el corazón del teucro que, soltando la lanza, se sentó y tendió ambos brazos. Aquileo puso mano a la tajante espada e hirió a Licaón en la clavícula, junto al cuello: metiole dentro toda la hoja de dos filos, el troyano dio de ojos por el suelo y su sangre fluía y mojaba la tierra. El héroe cogió el cadáver por el pie, arrojolo al río para que la corriente se lo llevara.
1. ¿Qué característica de la literatura griega está expresada en este fragmento?
La noción de armonía y simetría como propio de la belleza en la obra de arte.
La presencia de epítetos cuando se nombra a los héroes
El destino como hecho funesto e inexorable
El fin didáctico y el cumplimiento de reglas fijas y determinadas.
El teocentrismo como visión cultural y religiosa del mundo

2. Marque las alternativas correctas con respecto al fragmento:

1. Que Héctor es asesinado por Aquiles
2. Que Patroclo ya fue asesinado y Aquiles busca venganza
3. Hado es la diosa protectora de Aquiles
4. Cuando dice “teucros” se refiere a los troyanos
5. Troya también era llamada Ilión:
1, 2, 3
2, 3, 4, 5
2, 4, 5
1, 4, 5
3, 4, 5

3. El fragmento pertenece a la obra…………… cuyo género es……::

Ilíada-narrativo
Ilíada-Cantar de gesta
Odisea-épico
Ilíada-épico
 Odisea-lírico

4. Marque la alternativa correcta sobre sucesos relatados en la Ilíada:

1. Caída y destrucción de Toya
2. Combate entre Menelao y Paris
3. Furia del río Escamandro contra Aquiles
4. Héctor lucha contra Ayax
5. Paris rapta a Helena
1, 2, 3, 4
2, 4, 5
4, 5
1, 2, 4, 5
2, 3, 4,

5. Marque la alternativa que no expresa un tema desarrollado en la Ilíada:

Amor a la patria
Venganza
Valor en la batalla
Honor guerrero
Pasión y mímesis


Casandra es hija de Príamo y Hécuba y es hermana gemela de Heleno. Al nacer, se hizo una fiesta en el templo de Apolo, en las afueras de Troya. Al anochecer, los padres se marcharon y dejaron a los bebés en el templo por un olvido. Al día siguiente, cuando regresaron a recogerlos, los gemelos estaban dormidos y dos serpientes les pasaban la lengua por los órganos de los sentidos.
Los padres empezaron a gritar de angustia, ante lo cual las serpientes se retiraron. Fue así como Casandra y Heleno tuvieron el don profético cuando fueron adultos. 
Otra versión de la leyenda, indica que Apolo se había enamorado de Casandra y le prometió a la joven el don de la profecía si  aceptaba entregarse a él. Ella aceptó, pero una vez iniciada en las artes de la adivinación, se negó a cumplir su parte del trato. Ante esto, Apolo le escupió en la boca y le retiró el don de la persuasión, por lo que aunque ella dijera la verdad, nadie le creería. 
Así,Casandra es fundamentalmente conocida por sus predicciones en dos momentos cruciales en la historia de Troya. El primero ocurre cuando ella predice que Paris -siendo desconocido- traerá la ruina a la ciudad. Cuando este va a ser condenado a muerte, ella reconoce en último momento que el joven es hijo de Príamo.
Después, cuando Paris aparece con Helena en Troya ella indica que el hecho provocará la ruina de la ciudad, pero nadie la escucha. Luego, después de la muerte de Héctor, cuando regresa Príamo, ella descubre que su padre trae el cadver de su hermano antes de que este hecho se sepa.
Además, se opone rotundamente junto con el adivino Laocoonte a que se introduzca el famoso caballo de madera, pues ella sabía que este era una trampa y que adentro venían guerreros aqueos. 
Por supuesto, nadie le cree y Apolo envía unas serpientes para que devoren a Laocoonte y a sus hijos. Por eso, los troyanos permiten que el caballo entre en la ciudad. 
 Durante el saqueo, Casandra se oculta en el templo de Atenea, pero Áyax la persigue. Ella se abraza a la diosa, pero Áyax no se detiene y la arranca de esta, provocando que la estatua se tambalee. Ante esto, los troyanos se ofenden y van a lapidar al joven guerrero, pero este se refugia en el templo que acaba de ofender y se salva. 
Posteriormente, cuando los aqueos se reparten el botín, Casandra es entregada a Agamenón, quien se enamora perdidamente de la joven. Ella se haba mantenido virgen hasta el momento, pero ahora le pertenece a Agamenón y de él tiene aparentemente unos gemelos llamados Teledamo y Pélope. 
Según una versión, cuando Agamenón llega a Micenas, su esposa Clitemnestra lo mata y asesina a Casandra por celos, aun cuando ella misma tenía un amante.

¿Por qué Psique (el alma) busca constantemente a Eros (el amor)? Tal vez porque alguna vez se separaron, uno perdió al otro, tal vez.... Tal vez este antiguo mito nos dé la respuesta...
En una ciudad de Grecia había un rey y una reina que tenían tres hijas. Las dos primeras eran hermosas. Para ensalzar la belleza de la tercera, llamada Psique, no es posible hallar palabras en el lenguaje humano. Tan hermosa era que sus conciudadanos, y un buen número de extranjeros, acudían a admirarla. Incluso dieron en compararla a la propia Venus, y no advirtieron que, al descuidar los ritos debidos a esta diosa, tal vez estaban atrayendo sobre la bella y bondadosa joven un destino funesto. Venus, la diosa que está en el origen de todos los seres, herida en su orgullo, encargó a su hijo Eros: “Haz que Psique se inflame de amor por el más horrendo de los monstruos” y, dicho esto, se sumergió en el mar con su cortejo de nereides y delfines.

Psique, con el correr del tiempo, fue conociendo el precio amargo de su hermosura. Sus hermanas mayores se habían casado ya, pero nadie se había atrevido a pedir su mano: al fin y al cabo, la admiración es vecina del temor… Sus padres consultaron entonces al oráculo: “A lo más alto contestó la llevarás del monte, donde la desposará un ser ante el que tiembla el mismo Júpiter”. El corazón de los reyes se heló, y donde antes hubo loas, todo fueron lágrimas por la suerte fatal de la bella Psique. Ella, sin embargo, avanzó decidida al encuentro de la desdicha.

Sobre un lecho de roca quedó muerta de miedo Psique, en lo alto del monte, mientras el fúnebre cortejo nupcial se retiraba. En estas que se levantó un viento, se la llevó en volandas y la depositó suavemente en un pradera cuajada en flor. Tras el estupor inicial Psique se adormeció. Al despertar, la joven vio junto al prado una fuente, y más allá un palacio. Entró en él y quedó asombrada por la factura del edificio y sus estancias; su asombro creció cuando unas voces angélicas la invitaron a comer de espléndidos platos y a acostarse en un lecho. Cayó entonces la noche, y en la oscuridad sintió Psique un rumor. Pronto supo que su secreto marido se había deslizado junto a ella. La hizo suya, y partió antes del amanecer.

Pasaron los días por la soledad de Psique, y con ellos sus noches de placer. En una ocasión su desconocido marido le advirtió: “Psique, tus hermanas querrán perderte y acabar con nuestra dicha”. “Mas añoro mucho su compañía dijo ella entre sollozos. Te amo apasionadamente, pero querría ver de nuevo a los de mi sangre”. “Sea “, contestó el marido, y al amanecer se escurrió una vez más de entre sus brazos. De día aparecieron junto a palacio sus hermanas y le preguntaron, envidiosas, quién era su rico marido. Ella titubeó, dijo que un apuesto joven que ese día andaba de caza y, para callar su curiosidad, las colmó de joyas. Poco antes de que anocheciera, Psique tranquilizó a sus hermanas y las despidió hasta otra ocasión.

Con el tiempo, y como no podía ser de otra forma, Psique quedó encinta. Pidió entonces a su marido que hiciera llegar a sus hermanas de nuevo, ya que quería compartir con ellas su alegría. Él rezongó pero, tras cruzar parecidas razones, acabó accediendo. Al día siguiente llegaron junto a palacio sus hermanas. Felicitaron a Psique, la llenaron de besos y de nuevo le preguntaron por su marido. “Está de viaje, es un rico mercader, y a pesar de su avanzada edad…” Psique se sonrojó, bajó la cabeza y acabó reconociendo lo poco que conocía de él, aparte de la dulzura de su voz y la humedad de sus besos… “Tiene que ser un monstruo “, dijeron ellas, aparentemente horrorizadas, “la serpiente de la que nos han hablado. Has de hacer, Psique, lo que te digamos o acabará por devorarte”. Y la ingenua Psique asintió.

“Cuando esté dormido, dijeron las hermanas, coge una lámpara y este cuchillo y córtale la cabeza”. Enseguida partieron, y dejaron sumida a Psique en un mar de turbaciones. Pero cayó la noche, llegó con ella el amor que acostumbraba y, tras el amor, el sueño. La curiosidad y el miedo tiraban de Psique, que se revolvía entre las sábanas. Decidida a enfrentar al destino, sacó por fin de bajo la cama el cuchillo y una lámpara de aceite. La encendió y la acercó despacio al rostro de su amor dormido. Era… el propio dios Eros, joven y esplendoroso: unos mechones dorados acariciaban sus mejillas, en el suelo el carcaj con sus flechas. La propia lámpara se avivó de admiración; la lámpara, sí, y una gota encendida de su aceite cayó sobre el hombro del dios, que despertó sobresaltado.

Al ver traicionada su confianza, Eros se arrancó de los brazos de su amada y se alejó mudo y pesaroso. En la distancia se volvió y dijo a Psique: “Llora, sí. Yo desobedecí a mi madre Venus desposándote. Me ordenó que te venciera de amor por el más miserable de los hombres, y aquí me ves. No pude yo resistirme a tu hermosura. Y te amé… Que te amé, tú lo sabes. Ahora el castigo a tu traición será perderme”. 
Y dicho esto se fue. Quedó Psique desolada y se dedicó a vagar por el mundo buscando recuperar, inútilmente, el favor de los dioses: la cólera de Venus la perseguía. La diosa finalmente dio con ella, menospreció el embarazo de la joven, le dio unos cuantos sopapos y la encerró con sus sirvientas Soledad y Tristeza.
Fuente: http://psiqueyeros.wordpress.com/psiqueyeros/psique-y-eros-el-mito/

Sabemos que de acuerdo con uno de los mitos antiguos sobre el nacimiento de Zeus, Cronos, temiendo ser destronado por uno de sus hijos, los devoraba cuando nacían. Por eso, al nacer Zeus, Rea envolvió una piedra con pañales para engañar a Cronos y ocultó al dios niño en Creta, donde se alimentó con la leche de la cabra Amaltea y lo criaron unas ninfas. 
 Tras hacerse adulto, Zeus obligó a Crono a regurgitar a sus otros hijos en orden inverso al que los había tragado: primero la piedra, que se le dejó a Pitón bajo las cañadas del Parnaso como señal a los hombres mortales, el Ónfalos, y después al resto. 
En algunas versiones, Metis le dio a Crono un emético para obligarle a vomitar los bebés, y en otras Zeus abrió el estómago de Crono. Entonces Zeus liberó a los hermanos de Crono, los Gigantes, los Hecatónquiros y los Cíclopes, de su mazmorra en el Tártaro y mató a su guardiana, Campe. En agradecimiento, los Cíclopes le dieron el trueno, el rayo o el relámpago, que habían sido previamente escondidos por Gea.
Esta vez les dejamos la versión de God of War... visualmente muy buena. 

El origen de los dioses
Orígenes: Según diversos mitos, que datan de épocas remotas de la antigüedad griega, la genealogía divina se puede ordenar de la siguiente manera:

Primera Generación Divina
 Gea y Urano, más poderosos que sus antecesores, los forzaron a marcharse y reinaron en su lugar. Poco tiempo después Gea y Urano engendraron una extensa descendencia: Un día que el dios del Cielo contemplaba a su madre desde lo alto, hizo caer sobre ella una lluvia fina que la fecundó y la hizo alumbrar todas las plantas, animales y pájaros, todos los mares, ríos y montañas. De ella nacieron luego:
·   Los  Hecatónquiros, engendros monstruosos, enormes y violentos, de cien manos y cincuenta cabezas cada uno, llamados Coto, Briareo y Giges, «cuyo nombre no debe pronunciarse».
·   Los Cíclopes, criaturas horribles y fabulosas, de un solo ojo y espíritu soberbio y cruel, según algunos; pero hábiles artesanos, según otros, constructores de murallas gigantescas y maestros herreros, cuyos nombres eran Brontes, Estéropes y Arges.
·   Los Titanes son los primeros dioses con forma humana, no meras personificaciones de los elementos. Son doce, seis hembras (Rhea, Tetis, Temis, Tea, Mnemosine y Febe) y seis machos (Océano, Ceos, Creos, Hiperión, Japeto y Cronos, de mente retorcida).
·   Los Gigantes, nacidos de la sangre vertida cuando Cronos castró a Urano, eran veinticuatro criaturas enormes de aspecto terrorífico y fuerza invencible, dotados de hirsuta cabellera y piernas en forma de serpiente.rco es de crin de caballo
·   Las Erinias o Furias (Tisífone, Alecto y Megera) y las ninfas Melias, habitantes de los fresnos, surgidas también de la sangre de Urano cuando su hijo Cronos lo mutiló.
·   Es igualmente madre de Pitón, de Erictonio y de Tifón, habido con Tártaro, el último, el más terrible, al que luego derrotó Zeus.

Segunda Generación Divina
Los primeros Titanes, hijos de Urano y Gea, está formada por:
·  Titanes (varones):

Océano, el río que circundaba el mundo.
Ceo, titán de la inteligencia.
Crío, dios de los rebaños y las manadas, esposo de Euribia (hija de Ponto) y padre de Palas.
Hiperión, el fuego astral.
Jápeto, esposo de la oceánide Clímene y padre de Prometeo, ancestro de la raza humana.
Crono, el más joven, que destronó a Urano y fue rey de los dioses.   

·   Titánides (Mujeres):
Febe, la de la corona de oro.
Mnemósine, personificación de la memoria y madre de las Musas con Zeus.
Rea, reina de los dioses con Crono.
Temis, encarnación del orden divino, las leyes y las costumbres, y madre de las Horas y las Moiras.
Tetis, diosa del mar.
Tea, diosa de la vista.

Otros titanes, hijos de estos primeros, son Prometeo, Epimeteo, Atlas, Selene, etc.

Tercera generación Divina (Dioses Olímpicos)
o   Zeus
o   Afrodita
o   Apolo
o   Ares
o   Artemisa
o   Atenea
o   Hades
o   Hefesto
o   Hera
o   Hermes
o   Dionisios
o   Poseidon

Cuantos nacieron de Gea y Urano, los hijos más terribles, estaban irritados con su padre desde siempre. Y cada vez que alguno de ellos estaba a punto de nacer, Urano los retenía a todos ocultos en el seno de Gea sin dejarles salir a la luz y se gozaba cínicamente con su malvada acción.
La monstruosa Gea, a punto de reventar, se quejaba en su interior y urdió una cruel artimaña. Produciendo al punto un tipo de brillante acero, forjó una enorme hoz y luego explicó el plan a sus hijos. Armada de valor dijo afligida en su corazón:
 "¡Hijos míos y de soberbio padre! Si queréis seguir mis instrucciones, podremos vengar el cruel ultraje de vuestro padre; pues él fue el primero en maquinar odiosas acciones."
Así habló y lógicamente un temor los dominó a todos y ninguno de ellos se atrevió a hablar. Mas el poderoso Cronos, de mente retorcida, armado de valor, al punto respondió con estas palabras a su prudente madre:
"Madre, yo podría, lo prometo, realizar dicha empresa, ya que no siento piedad por nuestro abominable padre; pues él fue el primero en maquinar odiosas acciones."
Así habló. La monstruosa Gea se alegró mucho en su corazón y le apostó secretamente en emboscada. Puso  en sus manos una hoz de agudos dientes y disimuló perfectamente la trampa.
Vino el poderoso Urano conduciendo la noche, se echó sobre la tierra ansioso de amor y se extendió por todas partes. El hijo, saliendo de su escondite, logró alcanzarle con la mano izquierda, empuñó con la derecha la prodigiosa hoz, enorme y de afilados diente, y apresuradamente segó los genitales de su padre y luego los arrojó a la ventura por detrás.
No en vano escaparon aquéllos de su mano, pues cuantas gotas de sangre salpicaron, todas las recogió Gea. Y al completarse un año, dio a luz a las poderosas Erinias, a los altos Gigantes de resplandecientes armas, que sostienen en su mano largas lanzas, y a las Ninfas que se llaman Melias sobre la tierra ilimitada.


Afrodita es la diosa de la belleza y del amor, de la lujuria. Su nombre significa “surgida de la espuma”. El mito de su  nacimiento, contado por Hesíodo en la Teogonía, está relacionado con el nacimiento del Olimpo.

Gea, incita a sus hijos para que se posicionen en contra de su padre, Urano, ya que éste, movido por el odio, les obligaba a vivir bajo tierra. Con una hoz, Crono -el hijo menor- cortó los órganos sexuales a su padre y los arrojó al mar.  Alrededor de los genitales surgió una espuma de color blanco, en cuyo centro nació Afrodita.
Por orden de Zeus, Afrodita se entregó a Hefesto. Sin embargo, no siempre le fue fiel, pues según cuenta Homero en el canto VIII de la Odisea  mantuvo un romance con Ares, dios de la Guerra.
De la unión de Afrodita y Ares surgieron Eros, Fobo, Anteros, Deimo y Harmonía. En el plano terrenal, Afrodita se ve humillada a costarse con un mortal, Anquises, del que engendra a Eneas; luego se las ingenia para decir que Eneas era hijo de una Ninfa.
La diosa del amor es conocida, asimismo, por ayudar a los mortales en sus pretensiones amorosas, aunque también castiga a quien se opone a su voluntad.

Cronos, temeroso por las palabras de su padre, maquinó acabar con sus hijos y con este propósito se los comía al nacer, sin hacer caso de las súplicas y lágrimas de Rhea.
Así fue devorando a Hestia, Hera, Hades y Poseidón; pero su madre, cuando quedó encinta por sexta vez, decidió salvar a su hijo y en medio de la noche se fue a dar a luz al monte Liqueo en Arcadia. Luego de parir, bañó a su hijo en el río Neda, lo llamó Zeus y lo envió a su madre, Gea.

La Madre Tierra lo llevó al monte Licto en Creta y lo ocultó en una cueva en la falda del monte Egeo, donde lo puso al cuidado de las ninfas Melianas, Adrastea y su hermana Io, hijas Meliseo, y de la ninfa Amaltea, una cabra o mujer ubérrima como las cabras, quien nutrió al niño con miel y lo amamantó a sus pechos al mismo tiempo que a su hijo Pan.
La cuna Zeus colgaba de un árbol, para que, según el oráculo, Cronos no pudiera hallarlo ni en la tierra, ni en el cielo, ni en el mar. Rodeaban además su cuna las Curetes, hijas y sacerdotisas guerreras de Rea, que, cuando el bebé lloraba, golpeaban sus armas, gritaban y cantaban al son de estruendosos tambores que ahogaban el llanto del pequeño Zeus para que no lo oyera su padre Cronos. Así, el joven dios llegó a la edad adulta y vino el día en que se cumplió la profecía.

Zeus, agradecido a sus nodrizas y sentado ya en el trono celestial, puso a Amaltea en la constelación de Aries o Capricornio y dejó uno de sus cuernos a las ninfas, de donde podrían sacar tantas frutas y bebidas como quisieran, porque nunca se agotaría, que fue el Cuerno de la Abundancia o Cornucopia.
Entretanto Rea había envuelto una piedra en pañales en el Monte Taumacio de Arcadia y, cuando Cronos le pidió que le entregara al nuevo bebé, se la entregó llorando para que lo engullera. Cronos se la tragó sin siquiera mirarla y se fue satisfecho creyendo que se había comido a su hijo recién nacido.

Sin embargo Cronos no tardó en descubrir el engaño, tal fue el ardor que la piedra le produjo en el estómago, y se puso a perseguir a Zeus, que se iba transformando en serpiente y sus nodrizas en osas. No pudo atraparlos Cronos y siguió creciendo en el Monte Ida, entre pastores, en una caverna distante de la anterior.

Allí conoció a la titánide Themis, quien ideó la trama para derrocar a Cronos: propuso a Rea que convenciera al viejo para que aceptara los servicios de Zeus, a quien no conocía.
Aceptó el dios y nombró al joven camarero personal. Zeus entonces, aprovechando este privilegio, ofreció a Cronos una copa de néctar con un vomitivo a base de mostaza, vino.
Este se la tomó, se durmió inmediatamente y vomitó la piedra y los cinco hijos que había engullido.  Aunque hay divergencia acerca de si Poseidón fue devorado o no, ya que según algunas fuentes Rea dio un potrillo en su lugar, y escondió al muchacho entre los caballos. Sea como fuere, los cinco dioses volvieron sanos al mundo y a la vida, sin daño alguno, cosa de dioses naturalmente, y, agradecidos a Zeus, lo nombraron su capitán, que así quedó convertido en el supremo, el megadios.
A su vez, a Cronos lo enviaron de perpetuas vacaciones al Tártaro junto con sus hermanos… Pero estos estaban tramando pacientemente su desquite.
Zeus envió la piedra con que Rea engañó a su padre Cronos a Delfos donde fue venerada y ungida constantemente con aceite. «Zeus la clavó sobre la anchurosa tierra, dice sin embargo el poeta, en la sacratísima Pito, en los valles del pie del Parnaso, monumento para la posteridad, maravilla para los hombres mortales».

En una guerra llamada la Titanomaquia, Zeus y sus hermanos y hermanas junto con los Hecatónquiros y Cíclopes, derrocaron a Crono y a los otros Titanes, que fueron encerrados en el Tártaro, un lugar húmedo, lúgubre, frío y neblinoso en lo más profundo de la Tierra y allí quedaron custodiados por los Hecatónquiros. Atlas, uno de los titanes que luchó contra Zeus, fue castigado a sostener la bóveda celeste.
Tras la batalla con los Titanes, Zeus se repartió el mundo con sus hermanos mayores, Poseidón y Hades, echándoselo a suertes: Zeus consiguió el cielo y el aire, Poseidón las aguas y Hades el mundo de los muertos (el inframundo). La antigua tierra, Gea, no podía ser reclamada y quedó bajo el dominio de los tres según sus capacidades, lo que explica por qué Poseidón era el dios de los terremotos y Hades reclamaba a los humanos que morían.
Gea estaba resentida por cómo Zeus había tratado a los Titanes, porque eran sus hijos. Poco después de subir al trono como rey de los dioses, Zeus tuvo que luchar con otros hijos de Gea, los monstruos Tifón y Equidna. Zeus derrotó a Tifón atrapándole bajo una montaña, pero dejó a Equidna y a sus hijos con vida como desafío para futuros héroes. Esta lucha se llamó Tifonomaquia.
Sin embargo, las luchas no habían cesado para el nuevo dios pues los gigantes, otros hijos perversos de Gea, decidieron atacar el Olimpo con la firme intención de arrasarlo y destruir a sus moradores. La valentía de Atenea y la ayuda de Hércules fueron decisivas para la victoria de Zeus en esta horrible batalla

Como sabemos y como había dispuesto el destino inexorable, Zeus ascendió a las doradas cimas del Olimpo; destronó y desterró al viejo Saturno (Cronos) y reinó en su lugar, sobre el trono divino. Pero los primeros tiempos de su mandato no fueron fáciles para el joven rey.
Debéis saber que, encadenados desde hacía milenios, vivían en las profundas y pavorosas cuevas, los Titanes. Eran monstruosos gigantes, tan orgullosos que no quisieron reconocer la autoridad de aquel joven rey.
Y, para demostrar su descontento, sacudieron rabiosamente la corteza terrestre, hicieron temblar las montañas, produjeron terremotos, suscitaron fragores y desdichas sin fin sobre toda la haz de la tierra.
Entonces Júpiter, creyendo con ello poner fin a tanto tumulto, los liberó generosamente. Pero fue un error. Lejos de calmarse, los gigantes, al verse libres, salieron en hordas de las cavernas subterráneas y se lanzaron con furia contra el Olimpo.
Para alcanzar la espléndida morada de Júpiter, amontonaron las montañas, unas sobre otras, y ascendiendo sobre ellas arrancaron, desde allí, piedras enormes y las lanzaron, contra la cima luminosa cubierta de nubes.
Algunas de las piedras la caer sobre la tierra, formaron las colinas rocosas; otras caídas en medio del océano, hicieron surgir las islas.
Más de diez años duro la feroz rebelión de los Titanes hasta que cansado, Júpiter, se decidió pedir ayuda a los Cíclopes, los gigantes que tenían un único ojo sobre la frente y que vivían encadenados sobre las húmedas cuevas junto al Tártaro.
Descendió, pues, a las desoladas profundidades de la tierra y les dijo:
--Concededme la fuerza de vuestros brazos, ¡oh, gigantes prisioneros! Y yo os librare para siempre de las cadenas que os aprisionan en estas cuevas, cargadas de malsanos vapores en las tinieblas del subsuelo.
Los Cíclopes que en las inmensas fraguas subterráneas, estaban forjando los rayos de Júpiter, abandonaron sus martillos e irguiendo sus gigantescas cabezas, contestaron:
- Nuestra fuerza está a tu servicio, oh, divino soberano.
Y le siguieron, dóciles, hacia la luz del sol, en la superficie de la tierra.  El encuentro de los Titanes con los Cíclopes fue pavoroso, terrible feroz. Los Cíclopes blandían a millares las refulgentes espadas; los titanes arrojaban, furiosamente, gigantescas piedras.
Se oyó un formidable grito de guerra y el eco llegó hasta el Olimpo y penetró en los oscuros abismos del Tártaro. Las piedras arrojadas por los gigantes chocaban ruidosamente, el clamor llegaba hasta las estrellas, los cuerpos enormes de los combatientes se mezclaban entre sí en la lucha salvaje y sus gritos desgarraban el aire.
Pero la batalla continuaba indecisa. Entonces, Júpiter, descendió en su carro dorado, al campo de batalla y se presentó como el ejecutor de la justicia divina, entre los enfurecidos gigantes.
Su rayo poderoso cayó sobre los Titanes, le siguió un trueno ensordecedor, y un humo sofocante y espeso, envolvió, como un viento maléfico, las filas de los rebeldes.
Aprovechando un tumultuoso desorden que siguió a esta aparición, los Cíclopes arrojaron, grandes piedra sobre los Titanes y Zeus les precipitó en las tristes cavernas del Tártaro de donde no irían a salir nunca más, Los custodiaban los cíclopes y los Hecatónquiros. A otros, como Atlas, los condenó a cargar el globo terráqueo. Algunos titanes que no participaron en la lucha fueron perdonados como Prometeo y Epimeteo.
Aquella fue la última guerra que Júpiter hubo de sostener contra los rebeldes titanes.
Después de su victoria, el gran dios reinó indiscutido sobre la tierra y el cielo. Y desde su trono de oro, en los maravillosos palacios del Olimpo, no tenía más que hacer un gesto para que todos, hombres y cosas, le obedecieran ciegamente, al menos eso creía él.

Enfurecidos porque Zeus había confinado a sus hermanos, los Titanes, en el Tártaro, ciertos gigantes altos y terribles, con cabellos y barbas largos y colas de serpiente en vez de pies, tramaron un ataque al Cielo. Eran hijos de la Madre Tierra nacidos en la ática Flegras y su número alcanzaba a veinticuatro.
Sin advertencia previa, tomaron rocas y teas y las lanzaron hacia arriba desde las cumbres de sus montañas, poniendo en peligro a los olímpicos. Hera profetizó tétricamente que los gigantes no podrían ser muertos por ningún dios, sino sólo por un mortal particular con piel de león y que incluso éste nada podría hacer a menos que se anticipase al enemigo en su búsqueda de cierta hierba de invulnerabilidad que crecía en un lugar secreto de la tierra.

Inmediatamente Zeus consultó con Atenea y envió a ésta para que advirtiera a Heracles, el mortal con piel de león a quien Hera se refería evidentemente, cómo estaban exactamente las cosas; y prohibió a Eos, Selene y Helio que relucieran durante un tiempo. A la débil luz de las estrellas, Zeus recorrió a tientas la tierra, y en la región a la que le dirigió Atenea encontró la hierba, que llevó felizmente al Cielo. Los olímpicos podían ya luchar contra los gigantes. Heracles lanzó su primera flecha contra Alcioneo, el caudillo de los enemigos. Cayó a tierra, pero se levantó de ella vivificado, porque aquella era su tierra natal de Flegras. «¡Rápido, noble Heracles! —gritó Atenea— ¡Arrástralo a otra región!» Heracles tomó a Alcioneo a cuestas y lo arrastró hasta el otro lado de la frontera tracia, donde lo mató con una maza. Luego Porfirión saltó al Cielo desde la gran pirámide de rocas que habían amontonado los gigantes, y ninguno de los dioses logró mantenerse firme.

Solamente Atenea adoptó una actitud defensiva. Pasando a toda prisa por su lado, Porfirión se lanzó contra Hera, a la que trató de estrangular, pero herido en el hígado por una flecha oportuna disparada por el arco de Eros, cambió su ira por lujuria y rasgó la magnífica túnica de Hera. Zeus, al ver que su esposa iba a ser ultrajada, corrió a la lucha con una ira celosa y derribó a Porfirión con un rayo.
Volvió a levantarse, pero Heracles, que regresaba a Flegras en aquel preciso momento, lo hirió mortalmente con una flecha. Entretanto, Efialtes había vencido a Ares, obligándolo a arrodillarse ante él, pero Apolo hirió al desdichado en el ojo izquierdo y llamó a Heracles, quien inmediatamente le clavó otra flecha en el derecho.

Así murió Efialtes. Y sucedió que, cada vez que un dios hería a un gigante —como cuando Dioniso derribó a Éurito con su tirso, o Hécate chamuscó a Cutio con sus antorchas, o Hefesto escaldó a Mimante con un caldero de metal candente, o Atenea aplastó al lascivo Palante con una piedra— era Heracles quien tenía que asestar el golpe mortal. Hestia y Deméter, las diosas amantes de la paz, no intervinieron en la lucha, sino que permanecieron aterradas y retorciéndose las manos; sin embargo, las Parcas manejaban las manos de mortero de bronce con mucha eficacia.

Desanimados, los demás gigantes huyeron de vuelta a la tierra perseguidos por los olímpicos. Atenea lanzó un gran proyectil contra Encelado, quien quedó aplastado y se convirtió en la isla de Sicilia. Y Posidón arrancó una parte de la isla de Cos con su tridente y la arrojó contra Polibotes, esto se convirtió en la cercana islita de Nisiros, bajo la cual yace enterrado el gigante.
Los demás gigantes hicieron una última resistencia en Batos, cerca de la arcadia Trapezunte, donde la tierra todavía abrasa y los labradores desentierran a veces huesos de gigantes. Hermes pidió prestado a Hades el yelmo de la invisibilidad y derribó a Hipólito, y Artemis atravesó a Gratión con una flecha, en tanto que las manos de mortero de las Parcas rompían las cabezas de Agrio y Toante. Ares, con su lanza, y Zeus, con su rayo, dieron cuenta del resto, aunque llamaban a Heracles para que rematara a cada gigante cuando caía. Pero algunos dicen que la batalla se libró en los Campos Flegreos, en las cercanías de Cumas, en Italia.