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Cuenta la leyenda que Hércules tuvo que viajar con su esposa Deyanira al exilio. En su viaje, la pareja llegó a la orilla del río Eveno, donde el centauro Neso ayudaba a los viajeros a cruzar el cauce. Neso ayudó en primer lugar a cruzar a Hércules, pero cuando hacía lo propio con Deyanira intentó raptarla y violarla. Ante los gritos de ayuda de su esposa, el hijo de Zeus disparó una flecha al centauro, hiriéndole de muerte.

Pero, este antes de morir aún se dio tiempo de maquinar una última venganza: entregó a Deyanira una túnica envenenada con su sangre, diciéndole que con ella podría revivir el amor del esposo si algún día se debilitaba.
Pasó el tiempo. La pareja se estableció en Traquis y un día Deyanira se enteró de que Hércules se había enamorado de Yole, princesa de Ecalia, por lo que creyó que era el momento oportuno para probar la milagrosa túnica. Así que cuando su amado regresó, le ofreció la prenda como si de un regalo se tratara. Él aceptó complacido. Nada más cubrirse con ella, el héroe fue atacado por el virulento veneno que tenía impregnado; intentaba quitársela pero la prenda estaba tan adherida a su carne que se arrancaba pedazos de la misma. Devorado por el insoportable sufrimiento, mandó que levantasen una pira en el monte Eta. Una vez allí, extendió su piel de león sobre la pira y tras hacer prometer a Filoctetes (el único que le acompañaba en ese momento) que nunca revelaría su emplazamiento, se arrojó sobre la pira. Se contaba que antes de inmolarse Hércules habría perdonado a Deyanira; perdón que llegó tarde ya que ésta, destrozada por la pérdida del esposo, se ahorcó.
También se contaba que en este último instante entre los mortales Heracles habría entregado a Filoctetes las flechas emponzoñadas con el veneno de Neso, flechas que después emplearía en la guerra de Troya para dar muerte a Paris.
Con todo Heércules no murió, ya que Zeus ordenó que su amado hijo fuera sacado de las llamas y conducido al Olimpo, donde finalmente le fue concedida la inmortalidad.